En general
las personas somos muy selectivas a la
hora de elegir que personas queremos que formen parte de nuestra vida y cuáles no,
por ello nos convertimos a nosotros mismos en unos previsores del futuro,
imaginando, describiendo, averiguando y convenciéndonos de forma divina y como
si todo lo supiéramos de que esa persona a la que estamos juzgando es como
nosotros creemos, y el error es que la mayoría de veces, nos equivocamos, y de
forma exagerada, por ello las apariencias engañan.
Las apariencias son lo
primero que percibimos de una persona, ya que nuestros ojos van antes que
cualquier otro sentido de nuestro cuerpo, si pudiéramos percibir la personalidad
de la gente o sus energías seriamos auténticos y revolucionarios brujos del
siglo XXI, eso sería genial o quizás un desastre, ya que no existiría esa magia
de conocer a las personas, lo sabríamos todo sobre ellas, pero por suerte esto
no es así, lo malo es que lo hacemos así.
Una de las cosas por las que primero
encasillamos a una persona es por su aspecto, su forma de vestir, intuyendo su
nivel socioeconómico a partir de ello, también por su complexión, es decir, por
su cuerpo (gordo/a, delgado/a o fuerte) y primordialmente por su belleza que la
solemos asociar al conjunto de todas estas características físicas residiendo
la más importante en el rostro, pero también podemos guiarnos por pensar cosas
de las personas si nos han hablado de ellas.
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